Wednesday, September 06, 2006

 

Viajar solo

Ryszard Kapuscinski (nacido en 1932) siempre ha sido un patadeperro. Donde quiera que hay un lío, sobre todo en los países africanos, allí está con maletita y su libreta de notas. Ha oído el zumbido de las balas mucho más que los militares latinoamericanos. No asume la caminata como meditación o como relación con la naturaleza, a la manera de Henry D. Thoreau en Walking, sino como un necesidad para entrar en contacto con la gente.
Y es que el periodista polaco, que ha hecho del periodismo en libro un género que nada le pide a la ficción literaria, cree que el reportero debe viajar solo porque es importante ver el mundo que se investiga y penetra con los propios ojos. “La presencia de otra persona influye sobre nuestra percepción de las cosas. Sus gestos, sus comentarios, cambian esta limpia relación del escritor y el mundo que lo rodea.”
(En el viaje en pareja se quiere todo lo contrario: compartir con el ser amado el asombro de los caminos, los mares, las montañas y los recovecos de las ciudades, el placer de la conversación.)
Cuenta que una vez él y unos camaradas estuvieron haciendo un documental sobre África con un equipo inglés que por primera vez ponía pie en ese continente. Recorrieron lugares apartados y cuando llegaban a cualquier sitio los colegas se ponían a llamar a Londres desde sus teléfonos celulares. “Viajaron conmigo tres meses pero emocional y mentalmente nunca estuvieron el África; todo el tiempo estaban en Londres.”
Y es que para Kapuscinski (léase Imperio, un reportaje sobre el desmembramiento de la Unión Soviética como nación, o Ébano, un periplo hacia el corazón de los países africanos) una de las características del reportero es la empatía, la habilidad de sentirse de inmediato como un miembro más de la familia: “Compartir los dolores, los problemas, los sufrimientos, las alegrías de la gente, que de entrada reconocen en él si realmente está entre ellos o si no es más que un pasajero que vino, miró alrededor y se fue.”
No se hace pues el periodismo desde un escritorio. Sin la gente, el periodista está perdido. Su profesión depende de la ayuda y la voluntad de los otros. En cierto momento, en lo que cambia un semáforo, puede decidirse toda su carrera, porque en esos minutos un chofer lo puede llevar a una mina de combate o puede negarse.
Tanto la humildad como la gratitud cuentan de modo crucial. La arrogancia y el despego pueden hacer que la gente lo corte y no le hagan caso. De ahí que el oficio —lejos de la prepotencia de quienes cubren los corredores del poder– tiene que ejercerse con modestia. Los pueblos están llenos de historias. Basta saberlas encontrar.
Lo que ha fascinado a Kapusckinski es que el siglo XX ha sido el de la descolonización y el de las grandes migraciones del campo a las ciudades. Nunca antes se habían inaugurado en el escenario político tantos países, más de ochenta. No le impresiona nada la velocidad de las transmisiones contemporáneas y cree, como García Márquez, que la mejor noticia no es la que se da primero sino la que se da mejor. Le tocó un siglo maravilloso, siente: el paso de las generaciones que mueven la historia como Sísifo la piedra, hacia arriba. Si el telégrafo, la radio, el teléfono, la televisión, el cine, no acabaron con la prensa escrita como se temía, ahora tampoco el internet ni el correo electrónico sustituirán al reportero vivo en el lugar de los acontecimientos. La prensa escrita sigue desarrollándose. “Los medios amplían el método de existencia de la palabra, de la transmisión de la palabra. No se acaban unos a otros: se amplían.”
No le gustan mucho las novelas. Cree que la realidad y los personajes vivos que comparecen en el teatro del mundo son mucho más interesantes y sus historias más inusitadas que las que provee el mercado de la literatura. ¿Qué novela de los últimos años ha podido conmover tanto como una historia real?
Ha conocido el tedio de las redacciones y también los tiempos muertos de espera en el extranjero cuando trabajaba en una agencia de noticias, en las que no importa el escritor. Pero se regocija de haber tenido que cubrir ese trabajo de esclavos para escribir libros, actividad que redondea el sentido de la vida personal de un periodista, para que siga sintiendo que su trabajo se le va de las manos como un puño de arena. Su errancia por las comunidades africanas —esa realidad tan rica, tan colorida, tan diferente a la europea— le daba mucho más información que la que podía meter en los cables de la agencia. “Entonces me encerraba en mi cuarto a elaborar notas que se convertirían luego en libros, mientras mis camaradas se iban a tomar whisky.”
En el buen sentido de la palabra, como decía Antonio Machado, la compasión siempre ha estado entre las teclas de su máquina de escribir, analizar, conjeturar, imaginar, fantasear, inventar, porque es fundamental que un reportero se meta entre la gente que, en la mayor parte del mundo, vive en muy duras y terribles condiciones. “Y si no las compartimos no tenemos derecho, según mi moral y mi filosofía, a escribir.” Si se pasaba la noche en el Hilton o en el Sheraton, y no en sus casitas de adobe y piso de pura tierra, no podía ser consciente al escribir sobre sus vidas.
“Cuando llegaba la noche, la gente se juntaba desde las siete a contar sus historias, y ése era el momento más literario, más bello, más fantástico del día. Era toda una poesía.”


Los libros Kapuscinski ciertamente tienen mucho en común con los escritos por los norteamericanos del “nuevo periodismo”: interpreta los hechos y caracteriza a los personajes reales, pero se distingue de Southern, Wolfe, Mailer, Thompson, porque su estilo es más llano y menos experimental, porque su actitud ante el acontecimiento es más distante y no se afana por jugar un papel protagónico en la historia que cuenta. Su narrativa es más lineal y se muestra, digamos, más respetuoso de la realidad.
Kapuscinski es un viajero. Su caso es el de un llanero solitario —como el de Bruce Chatwin, el escritor inglés, o el de nuestro Fernando Jordán, un autor de culto—, pero no por ello deja de involucrarse en las cosas ni de hablar con la gente. Más individual que los irreverentes periodistas de Manhattan, el polaco se mueve en mundos distintos a los de Europa y Estados Unidos; sus territorios son los de África y Latinoamérica, Irán y las repúblicas que componían la Unión Soviética.
En su libro Géneros periodísticos, Juan Gargurevich piensa que uno de esos géneros es el testimonio y precisamente en el capítulo consagrado a este tipo de periodismo coloca la singular, significativa obra de Kapuscinski: La guerra de Angola, Las botas, El Sha, El Emperador, La guerra del futbol, Las estrellas negras, Cristo con fusil al hombro, Imperio, Ébano, Lapidario.
En 1981 Kapuscinski dejó de trabajar como corresponsal en la Agencia Polaca de Prensa (PAP), a la que estuvo ligado laboralmente durante más de veinte años y para la que cubrió veintisiete revoluciones en doce países del Tercer Mundo. A los ocho años abandonó su pueblo natal, Pinsk, a principios de la Segunda Guerra Mundial, cuando fue tomado por las tropas de la Unión Soviética. En 1950 se inscribió en la Universidad de Varsovia para obtener después el título de historiador. Se imponían entonces los textos de Stalin y Lenin, “pero eso no significó tiempo perdido”, dice a Josh Weiss en una entrevista (Publishers Weekly, 5 de abril, 1991). De Marx aprendió, reconoce, “a contemplar los problemas desde una perspectiva más histórica: a considerar cada acontecimiento desde una perspectiva más amplia”.
Y en efecto, como opina Gargurevich, El Emperador es un libro muy testimonial, puesto que al contar los últimos días de Haile Selassie, el dictador de Etiopía, Kapuscinski va eslabonando los diversos testimonios de los cortesanos —funcionarios, oficinistas de palacio— que convivieron con el anciano monarca derrocado en 1974 por una revolución. Gracias a las diferentes y complementarias versiones de los testigos, el periodista e historiador polaco reconstruye la vida cotidiana de la suntuosa sede gubernamental y el modo de vida de un déspota endiosado. Sostiene centenares de charlas, toma notas, sobre la tormenta social que envuelve a los etíopes, pero sobre la marcha se va dando cuenta de que la imagen del Emperador (su corte, su séquito, sus manías, su estilo de gobernar) constituye el único nudo que habrá de dar cohesión a su libro.
El Emperador, es pues, un relato de esas charlas, entrevistas, búsquedas, un registro, un documento. “Puesto que no pude contar con la objetividad de mis interlocutores y varias veces sospeché que la memoria les engañaba, volví a los archivos para examinar la historia del Emperador y de su monarquía”. En este registro documental lo que le correspondió, dice, “fue exclusivamente el papel de oyente y cronista”. Pero la verdad es que Kapuscinski es algo más que un testigo ocular cuando va hilvanando la historia y dándole continuidad al intercalar sus reflexiones entre una y otra declaración de sus informantes hasta conseguir una densidad literaria, un gran final patético, ilustrada por el otoño de un patriarca que luego de destronado se sigue creyendo el emperador de Etiopía como si se hubiera quedado en el viaje sin retorno del poder.
Por otra parte, tanto la mirada del historiador como la del periodista convergen en otro derrocamiento y en otra revolución: la caída del Sha de Irán propiciada por los revolucionarios que, inspirados por el ayatola Jomeini, tomaron el poder en 1980. En El Sha Kapuscinksi acumula notas, fotos, cintas magnetofónicas, a fin de comprender cuáles fueron los orígenes del movimiento chiíta, cuál ha sido la evolución de Irán desde finales del siglo XIX hasta la revolución islámica, y sopesa en su análisis del fenómeno un elemento desdeñado hasta entonces por los historiadores: la religión. Así, el reportero polaco, “cuyos libros se leían en Polonia como una parábola del totalitarismo”, va bordando una reflexión lúcida y colorida sobre los mecanismos de la historia y del poder. “Sus imágenes oscilan desde lo grotesco a lo horroroso. Kapuscinski ha inventado virtualmente su propio género. En El Sha salta, con la concisión y la libertad de un poeta, de un detalle fragmentario a otro, elaborando un nervioso mosaico de una cultura definida por el miedo”, escribió el crítico Geoffrey O'Brien en la revista norteamericana Mother Jones.
El efecto de conjunto que produce la lectura de sus obras da ciertamente la impresión de que Kapuscinski toma partido por las luchas de los pueblos tercermundistas que buscan su autosuficiencia y su independencia. Y es que “a la mejor comparto un poco la idea romántica acerca de lo que es un periodista”, según confesó a Josh Weiss. “Yo creo, especialmente si uno escribe cierto tipo de literatura, que hay que sentirse involucrado. Es imposible una escritura fría. Tiene uno que participar, tener sus propios juicios morales, sus ideas muy claras respecto a lo que es justo y bueno. En lo que estoy escribiendo me siento involucrado, como si fuera un peleador”.
En 1991 Kapuscinski estaba escribiendo su libro de memorias Lapidarium, un recuento más bien de su viaje interior, el de su mente y sus sentidos. “Siempre que pueda seguiré viajando. Porque ésa es mi vida y mi profesión. Y para mí la vida y la profesión son la misma cosa”. También redactaba ese año el libro sobre la Unión Soviética, Imperio, y su desintegración como sistema político y conjunto nacional.
Para Kapuscinski la historia es una tragedia. Lo ha visto en muchas partes del mundo, tanto cuando refiere las industrias y avatares de Patricio Lumumba en Las botas, como cuando —siendo el único corresponsal extranjero en Tegucigalpa— da a conocer al mundo el estallido de la guerra del futbol entre Honduras y El Salvador en 1969. El libro —que en polaco se titula Wojna futbolowa; en inglés, The Soccer War; y en italiano, La prima guerra del football— conoció en México (en Xalapa, Veracruz) su primera traducción a un idioma extranjero y es una recopilación de 16 reportajes realizados en países de África y América Latina. Entre unos y otros, el autor va introduciendo el supuesto plan de un libro que nunca, según él, acierta a escribir. En esos tramos van sus meditaciones, sus monólogos interiores, que cumplen la función de un hilo conductor de un viaje a otro, de una crónica a un reportaje, hasta redondear el verdadero libro que sin saberlo estaba escribiendo desde los primeros despachos que envió a PAP desde Nigeria, Tanzania o Congo, desde Chipre, Honduras o Chile, y que, reescritos, dan vida a las 248 páginas de Las botas.
“Realmente no se ven las cosas muy claras si todo está en calma. Sólo en tiempos de convulsiones, conflictos, tensiones, la situación se esclarece. Y puede verse entonces el mecanismo de la historia. Lo que a mí me interesa es el quehacer histórico. Y el quehacer histórico es un proceso trágico y doloroso. Mi tema es la tragedia de la historia”, dijo Kapuscinski en su entrevista de Publishers Weekly .
Y concluyó: “Lo único que vale la pena es escribir. Todo lo que no sea escribir, o prepararse para escribir, es… Lo que pasa es que ninguna otra actividad me hace más feliz”.

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